| Volodia
Teitelboim, Protagonista y Testigo del Siglo XX
Ante
el sensible fallecimiento del destacado humanista, político
y escritor, señor Volodia Teitelboim Volosky, Premio
Nacional de Literatura 2002, la Fundación Pablo Neruda
ha querido rendir su más sentido homenaje a quien fuera
miembro de su directorio y uno de sus más entusiastas
y valiosos colaboradores.
El nombre de Volodia Teitelboim se inscribe en la generación
de 1938 y junto a otros autores, como Gonzalo Rojas, Nicanor
Parra y Francisco Coloane, es un buen ejemplo del alcance, la
productividad y la vigencia que pueden seguir teniendo las generaciones
pasadas cuando superan sus definiciones iniciales.
La obra
de Teitelboim atraviesa prácticamente todo el siglo XX
y se asoma al XXI, trasciende a su propia generación,
y construye y articula tradiciones culturales.
Su obra
literaria, que incluye diversos géneros como novela,
crónica, memoria, biografía y ensayo, se inaugura
con El amanecer del capitalismo y la conquista de América,
estudio en que el autor examina, junto a los factores económicos,
el contexto más amplio de la conquista, lo que él
mismo llama “la vasta causalidad europea”: el complejo
panorama histórico en que las estructuras del medioevo
se van desvaneciendo para dar paso a la modernidad.
El crítico
Jaime Concha hizo notar que este ensayo, junto a las grandes
novelas del 38, “perfila la literatura de la época
y da una torsión poderosa entre nosotros al sentido del
trabajo intelectual”. Por un lado continúa la preocupación
nacional de los ensayistas de comienzos de siglo, Francisco
Antonio Encina y Alejandro Venegas. Asimismo expone los males
y malestares del país y busca el origen de ellos, como
lo hicieron los ensayistas que lo precedieron: Ricardo Latcham,
Alberto Cabero y Carlos Vicuña Fuentes.
En ensayo la obra de Teitelboim se prolongaría en libros
como Hombre y hombre, en el que recorre la gran literatura rusa,
y en otros como El oficio ciudadano, El pan y las estrellas,
y Ulises llega en locomotora.
El
joven Volodia Teitelboim participó también en
aquellos movimientos rupturistas y refundadores a los que se
suele denominar genéricamente como “la vanguardia”.
En 1935 publica junto a Eduardo Anguita la Antología
de la Poesía Chilena Nueva, en la que se declara la intención
de “quebrar la línea tradicional de las antologías,
tanto en el método composicional como en el criterio
selectivo”. El número de antologados era de sólo
diez, y los compiladores advirtieron que esta reducida cantidad
de poetas obedecía al rigor para seleccionar sólo
a “los valores de una poesía verídicamente
nueva, y resultado, también de una posición arbitraria
y francamente de combate”.
Las vidas y su tiempo
Volodia
Teitelboim fue testigo y protagonista del gran proyecto emancipador,
humanista y nacional, que germina y crece en el siglo XX, pero
que tiene raíces en el XIX, en Francisco Bilbao, en José
Victorino Lastarria, y más tempranamente aún,
en el pensamiento progresista de la Ilustración, de Andrés
Bello y Manuel de Salas.
Con mucha
razón el poeta Gonzalo Rojas señaló que
no se puede entender el siglo XX chileno sin Volodia Teitelboim.
En efecto, Teitelboim ha sido actor – protagónico
en algunos casos –, y por lo tanto testigo privilegiado
de la vida nacional en el siglo pasado. Ejerce esta condición
de testigo tanto en sus novelas como en sus biografías
y memorias.
Es
así como recreó las vidas de algunas de las grandes
figuras de la cultura del siglo XX chileno y americano: Neruda,
Mistral, Huidobro, Borges y Rulfo, todos ellos personajes claves
en el procesamiento simbólico de su realidad y de su
tiempo.
En las biografías de estos escritores, Teitelboim desplegó
un trabajo acucioso de investigación y recopilación
de documentos, apoyándose, en ocasiones, en su conocimiento
personal – a veces bastante cercano – de los personajes
biografiados, y en sus propios archivos de correspondencia con
ellos. Aprovechó, además, su sentido poético
y su manejo de la técnica del relato para reconstruir,
tanto las vidas de sus protagonistas, como las épocas
en que ellos vivieron.
Épica
y ternura
El proyecto
democratizador, nacional y popular en que participó Volodia
Teitelboim no se realizó sin sacrificios. Tampoco fue
un proceso lineal. Tuvo avances y retrocesos, triunfos y derrotas.
Y precisamente a estas derrotas se refieren dos hitos importantes
de su narrativa: Hijo del Salitre y Pisagua, la Semilla en la
Arena.
En el siglo
XX irrumpe, desde la pampa salitrera, un nuevo actor: el obrero
asalariado, que del inquilinaje pasa a la autonomía y
desarrolla una fuerte identidad de clase. En la novela Hijo
del salitre, este actor colectivo se encarna en Elías
Lafertte, que hace su aprendizaje de dirigente, en los trágicos
sucesos que en diciembre de 1907 terminan con la matanza de
la Escuela Santa María de Iquique, cuyo centenario se
conmemoró recientemente.
En 1959,
en su Meditación americana. Cinco ensayos, Juan Marinello,
hacía notar los elementos de épica social que
Hijo del salitre comparte con lo que él mismo llama “lo
más logrado de la novelística americana”,
refiriéndose a obras de la corriente mundonovista, como
Don Segundo Sombra, La Vorágine, y Los de Abajo. Agregaba
Marinello que Hijo del salitre, por su conciliación de
elementos personales y colectivos, abría un camino a
la narrativa americana. Pablo Neruda reparó también
en esta habilidad para conjugar los destinos individuales y
colectivos. En 1952, escribía: “... Hijo del salitre
no es una desértica disertación civil sino un
prodigioso y múltiple retrato del hombre. Al épico
estremecimiento de sus descripciones sucede la ternura imponderable.”
Pisagua…
que en su momento fue un relato testimonial, ahora puede leerse
perfectamente como una novela histórica. Fue escrita
sobre la base de la experiencia directa del autor – que
estuvo en Pisagua, en tiempos del segundo gobierno de Ibáñez
- y de los relatos que Teitelboim escuchó de otros reclusos,
de la época de González Videla. Pero más
allá de esta clave testimonial, necesariamente realista,
Pisagua, este puerto poblado por los fantasmas de sus sucesivas
épocas de riqueza salitrera y de campo de reclusión,
adquiere en este libro, una incuestionable realidad literaria.
En la novela
Piragua.. la evasión es un motivo permanente. Se hacen
planes para escapar, se sueña con la fuga y con esto
ya se consigue abrir un espacio de libertad. Por otra parte,
relegados que nunca tuvieron acceso a la educación, aprovechan
el tiempo de prisión para aprender a leer. La lectura
se propaga por el campo, y es también una forma de ejercicio
de la libertad. Más allá de su argumento Piragua…
relata cómo la dignidad humana logra imponerse aun en
las condiciones más adversas.
Obra totalizadora
El periodista
Luis Alberto Mancilla apunta que Teitelboim accedió a
escribir su autobiografía, “apoyándose en
su prodigiosa buena memoria”. Así, bajo el título
general de Antes del olvido, publicó sus memorias en
cuatro tomos.
Como lo
advierte el profesor Pedro Lastra: “Las más de
mil quinientas páginas de esta obra totalizadora habrán
de estimarse como un documento insoslayable para conocer el
desarrollo y las transformaciones experimentadas por la sociedad
chilena en el siglo XX y en los inicios del XXI: son el testimonio
de un participante principal en estos procesos, descritos y
juzgados aquí con ejemplar claridad. Una claridad de
juicio que no excluye, por cierto, otras interpretaciones, pero
que invita a ponerlas a prueba.”
“Libros
de seductora lectura – escribe Mansilla – donde
el personaje no es sólo Volodia sino también todo
lo que ha visto, vivido, amado, detestado, con una mirada a
todo el siglo XX chileno, a sus personajes, sus acontecimientos,
a la pequeña y a la grande historia.”
Así,
la parte más medular de la obra de Volodia Teitelboim,
revisa los diversos registros de la memoria individual y colectiva,
y entrega un testimonio reflexivo y crítico sobre un
tiempo tan complejo como es la historia contemporánea
de Chile.
Como queda
dicho, Volodia Teitelboim vivió los grandes triunfos
y derrotas del proyecto emancipador chileno del siglo XX. El
primer tomo de sus memorias concluye con una fiesta de año
nuevo, rito de renovación ancestral que en este libro
coincide con el triunfo del Frente Popular. En ese momento parece
cerrarse un tiempo viejo, gastado, caduco e inaugurarse otro
tiempo limpio, nuevo y lleno de promesas. El siglo XX chileno
– reconstruido por la memoria de Teitelboim – fue,
en gran medida eso: construcción de esperanzas y de sueños
y luego respuestas reactivas, a veces brutales, que destruyeron
esos sueños. Él vivió la derrota, la persecución
y el exilio. Y aún en el exilio siguió su producción
literaria y dirigió la más importante de las revistas
culturales chilena de ese tiempo, Araucaria de Chile. Luego,
aun con muchas demandas de participación en actividades
culturales cívicas, continuó trabajando en sus
memorias y publicando libros.
En el último
tiempo de su vida le costaba ya salir de su casa, pero seguía
recibiendo visitas, y en la conversación mostraba su
extraordinaria memoria y su magnífica lucidez. Hablaba
del mundo y de los hombres notables a los que conoció,
y de un proyecto literario, que databa de sus años de
juventud, y que había retomado con extraordinario entusiasmo
y empeño. Era, según recuerdo, un ensayo sobre
un tema inmenso: el papel del intelectual en América,
desde la época precolombina. Un proyecto grande, a la
altura de su autor. Capacidad y lucidez le sobraban para realizarlo.
Sólo le faltó el tiempo.
Darío Oses
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